09
Jul-2016

Miedos reales Vs Miedos irraccionales

Leyendo otros blogs y comentarios de personas comunes y corrientes a las que sólo las diferencian el hecho de que algunas ya se han animado a viajar y otras no, se me ocurrió compartir un poco mis reflexiones sobre el tema, en base a mi experiencia personal y las herramientas que me dieron mis estudios.

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Happy – Trust – Love / Alegria – Confianza – Amor

Es un simple intento más de abordar el tema desde otra perspectiva, porque entiendo que por más que leas millones de veces que “hay que seguir la intuición” o, sigas al pie de la letra todos los consejos y recomendaciones para un destino, hay algo que no termina de convencerte o tal vez te pasa, que siempre te surge un “pero si…”.

Seguramente alguna vez escuchaste que hay miedos reales y miedos irracionales. Siendo estudiante de psicología me tocó estudiar esto bien de cerca. No voy a hacer una explicación teórica, porque Freud se retorcería en la tumba, pero si un intento de aclarar estos conceptos en pos de visualizar las herramientas que tenés dentro tuyo para vencerlos.

Miedos reales: Estos miedos nos ayudan a preservarnos de un daño real. ¿Para qué sirven? Este miedo es sano, necesario, útil, nos sirve nada más, ni nada menos que para sobrevivir.

Miedos irracionales: Esos miedos son más “personalizados”, suelen ser desmedidos y no tener argumentos socialmente “lógicos”. Esto genera que, aunque recibamos explicaciones racionales como “si una situación no te gusta, te vas” o hagamos estadísticas sobre a cuántos viajeros les roboraron y cuantos no, aún podamos recurrir a situaciones imaginarias en las cuales nos vemos víctimas de ese miedo. Un ejemplo sencillo es cuando contra argumentamos empezando la frase “pero si…” reiteradamente frente a un mismo miedo o problema sin poder salir de esa posición, otro indicador es darse cuenta que uno pasa mucho tiempo pensando en ese miedo. ¿Para qué sirven? He aquí el gran problema, inconscientemente tiene un propósito de ser y lo podemos resolver en una terapia, pero en nuestras vidas conscientes no nos aporta nada valioso, más que identificarlos y aumentar la motivación de vencerlos.

Es imposible controlar los miedos todo el tiempo, están ahí, lo bueno es que podemos superarlos, algunos momentáneamente, otros para siempre. Pero la posta es que con los miedos hay que aprender a convivir. Al viajar o emprender un nuevo desafío, los llevamos con nosotros.

Me gusta decir que puedo capitalizar algunos miedos, es decir, sacarle provecho. ¿Cómo? Bueno, un miedo real es que nos pase algo, ya ninguno de nosotros está exento. Por ejemplo: no voy a caminar por un barrio oscuro, que diviso posibilidad de riesgo y que no conozco a la noche, aunque esto sea en mi propio país. Por lo que nuestro trabajo, es servirnos de ese miedo para potenciar nuestras precauciones, sin llevarlo a un miedo irracional. Cuando queremos algo, estamos dispuestos a superar los miedos reales, y de hecho muchas veces son tomados como posibles obstáculos o desafíos a sortear en nuestra aventura.

Pero sobre cómo vencer estos miedos escribí también este post. Ahora quiero explayarme en el otro tipo de miedos.

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Tan pronto como dejes de pensar en eso, ocurre.

Miedos irracionales, estos son los que, según mi punto de vista, estando las reales ganas de aventurarnos, nos paralizan.  Son lo más difíciles de vencer porque como dije no son terreno de argumentos lógicos. No puedo ver ningún tipo de capitalización de estos y eso los hace “aparentemente invencibles.” Por suerte, es solo una apariencia, porque son vencibles, pero sólo por aquel mismo que los siente.

Voy a dar un ejemplo con la idea de ilustrar este concepto.

Yo tengo un miedo irracional a las alturas, y ¡ayer me tiré de un acantilado de 8 metros!. No puedo decirles como lo hice, como si fuera una regla o sacado de un manual. Como siempre empecé a pensar “mira si caigo mal o me resbalo en el borde antes de saltar, si no es suficientemente profundo, si hay piedras que no puedo ver, si no salto lo suficientemente lejos” ¡hasta pensaba que me podía dar un ataque al corazón en la caída libre! y así seguía mi lista de “pero si…”. Hasta que dije BASTA!  Lo primero que me pregunté fue: “¿realmente quiero hacer esto?” y sí, lo quería, quería vivir esa sensación y saber que si no me gustaba, ok, nunca más lo volvería a hacer y por lo menos, me saqué la curiosidad. Así que con mucha voluntad repasé los  factores a mi favor, era un lugar privado donde me aseguraban que no había piedras abajo del agua, que tenía 32 metros de profundidad, docenas de personas lo hicieron ante mis ojos y absolutamente todos salían flotando a la superficie con una sonrisa, algunos mas tentados que otros, por causa de los nervios… y la adrenalina. Hasta algo en mi cabeza hizo click al decirme “Si no lo hago acá, no sé si voy a tener una mejor posibilidad de hacerlo” y yo sé que no lo haría jamás en cualquier lugar de la naturaleza en donde no me aseguren lo que ahí tenía asegurado (es decir, los miedos reales), sólo quedaba vencer mi miedo irracional. Me puse en el borde y sin mirar mucho, para no arrepentirme o marearme o resbalarme y caerme, me tiré!. Obviamente, al salir a la superficie, después de de 8 metros de caída libre y la zambullida más violenta de mi vida, fue con una sonrisota en mi cara. LO LOGRÉ! Y sólo eso hace que haya valido la pena y me gusta pensar que nos reímos también, de ese miedo irracional, ya vencido.

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Resolviendo miedos reales e irracionales mientras me deleitaba con el paisaje.

Yo vencí mis miedos reales e irracionales, solamente con mis ganas. Pensando, bueno si me tiene que pasar algo, me va a pasar acá o allá. Porque en mi propia ciudad tomando las precauciones que todos sabemos que hay que tener en Buenos Aires, me han robado 5 veces. Eso también fue algo que logré capitalizar. En un momento tenía dos opciones: quedarme con esa vida y las ganas o hacer las ganas realidad. Opté mucho tiempo por la primera y aún así me pasaban cosas malas, a las que le tenía miedo, estando mi “zona de confort”. Mientras mis ganas de viajar no cesaban, al contrario iban en aumento. Hasta que  un día me di cuenta que, a pesar de mis miedos, podía elegir y cambiar el paradigma que tenía en mi vida, a ese paradigma que tuve al tirarme del acantilado:

Yo con las ganas no me quedo, si me tiene que pasar algo que sea siendo feliz.

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